¿Y si lo que falta en RD no es dinero, sino amabilidad?
Vivimos tiempos en los que casi todo se mide en números: costo de vida, crecimiento, resultados, productividad… Hablamos de lo que falta, de lo que no alcanza, de lo que está pendiente. Pero rara vez nos detenemos a pensar si, más allá de lo material, hay algo igual de esencial que se nos está agotando.
La amabilidad.
No la entendida como un gesto ingenuo o superficial, sino como una forma consciente de relacionarnos: escuchar antes de reaccionar, respetar al otro incluso en la diferencia, responder con humanidad en medio del cansancio colectivo. Pequeñas acciones que no cuestan dinero, pero sí intención.
En la vida diaria (en la calle, en el trabajo, en un restaurante, en redes sociales) la forma en que nos tratamos tiene un impacto real. Un buen gesto puede cambiar el tono de una conversación. Una palabra a tiempo puede aliviar un día difícil. Y una actitud empática puede generar una cadena invisible de consecuencias positivas.
Hay economías que no se reflejan en estadísticas, pero sostienen a una sociedad: la del respeto, la paciencia, la bondad. Cuando estas entran en circulación, el retorno se siente en la convivencia, en la confianza y en la manera en que enfrentamos los retos comunes.
Tal vez no todo se resuelva con más recursos. Tal vez, en medio del ruido, la verdadera diferencia empiece cuando decidimos tratarnos un poco mejor.
Porque a veces, lo que más falta no es dinero, sino amabilidad.